lunes, 30 de abril de 2007

Fútbol y (homo)sexualidad: recuerdos adolescentes

El fútbol ha formado parte de mi vida. Puedo afirmar que soy uno de los pocos gays a los que les gusta el llamado deporte rey, y es que conozco a pocos maricones a los que les guste o les haya gustado tanto. Cuando era un niño de cuarto de egebé había un aspecto que me separaba del resto de compañeros: ellos hablaban de un juego que yo no entendía. Ese año se celebraba en España un acontecimiento de máxima cobertura mediática: el mundial de fútbol, el cual alimentaba conversaciones de recreo que me perdía por no entender ni siquiera lo que significaba marcar un gol. Yo siempre he sido un niño curioso y todo lo que ha ocurrido a mi alrededor ha suscitado mi curiosidad. De tanto oír en los telediarios, de tantos programas especiales, de tantos partidos amistosos, de tantas conversaciones de mis compañeros de juegos terminé preguntándome que aquello que estaba en el candelero debía de ser algo importante. Y hoy en día todavía lo mantengo, aunque la visión que actualmente tengo del balompié diste de la curiosidad, pasión e incluso obsesión que llegué a sentir en ciertas etapas adolescentes de mi crecimiento. Aún no he hecho un análisis de por qué me llegó a gustar tanto este deporte. Mi madre se escandalizó de que pasase en cuestión de meses de la más absoluta indiferencia a una enardecida atención. El mundial de fútbol de España, la liga 82/83, ganada por el Athletic y perdida por el Real Madrid, la fase de clasificación a la Eurocopa de Francia, copada por el legendario partido contra Malta, tuvieron parte de culpa de que empezase a apasionarme este deporte tan masculinista de masas.

Una de las razones de esa repentina fijación en el fútbol fue que me entró por uno de los canales que más han determinado mi vida intelectual: la lectura. Durante el año 1982 se publicaron centenares de libros sobre los mundiales. Muchos de estos libros los sacaban las marcas patrocinadoras y muchas de ellas dejaban ejemplares de regalo en el bar de mi padre. Esos libros contenían una de las cosas que siempre más han arrastrado mi atención: números y estadísticas y nombres de países. Aún recuerdo cómo me pegué al globo terráqueo que mi padre me compró cuando tenía seis años. Me pegué a él como si fuera una polilla. Con siete años me sabía de memoria todas las capitales europeas y americanas. Las africanas estaban en el hemisferio sur y me costaba más verlas. Ahora tenía en mi poder libros con los nombres de esos países y sus resultados a lo largo de la historia de los mundiales. Enseguida me aprendí todos los campeones, subcampeones, goleadores, sedes, incluso datos aparentemente intrascendentes como los equipos que nunca lograron marcar un gol en una fase final. Pronto comencé a cambiar mis colecciones de álbumes de series de dibujos animados por álbumes de fotos de futbolistas. Ese año Danone publicó un álbum de cromos de la historia de los mundiales y el mundial de España. Seguidamente, y durante varias temporadas, estuve coleccionando cromos sobre la liga española. Así pude admirar uno de los elementos y una de las cosas que más me atrajeron: los futbolistas.

Con diez años, para mí los futbolistas eran personas mayores. Eran tíos que corrían, sudaban y se peleaban llegado el momento. No se me ha olvidado el partido inicial de la Eurocopa de Francia en el que Amorós le dio un cabezazo a un jugador danés. La selección danesa no había disputado el mundial y era la gran sorpresa de la fase final europea. A mí esa selección me atrajo por varias razones: me hacían gracia los nombres, todos terminados en –sen, me gustaba la uniformación entre roja y rosa, y había algo en algunos judadores que no me asustaba. En el mundial de España jugadores germánicos como Rummenigge, Stilike o Schuster me aterrorizaban con sus mostachos vikingos. Los jugadores daneses eran los primeros nórdicos que yo veía en pantalones cortos y sin bigote. Se me antojaban niños como yo, niños con los que a mí me hubiese apetecido jugar, o mejor dicho, hablar después de que ellos hubiesen jugado. Porque mi inclinación por el fútbol siempre ha sido pasiva. Las veces que he intentado jugar siempre he acabado arrepintiéndome haber jugado y prometiendo que esa iba a ser la última vez. Los daneses me inspiraban confianza, y me alegré muchísimo cuando se clasificaron para las semifinales, a pesar de que en ellas se enfrentarían a España, y yo por aquella época creía que España era lo último y lo primero. Cuando Sarabia marcó el gol clasificatorio en los penalties, por supuesto fui uno de los millones de españoles que saltó por lo aires de alegría de que la selección, después del desastre del mundial, alcanzase una final, hasta la fecha la única que le he visto jugar. Sin embargo, sentía pena por los daneses a los que me hubiese gustado haber seguido viendo por televisión. En el mundial de Méjico iba a seguir teniendo ese gusto.

Fue precisamente durante la fase de clasificación a este mundial cuando me encontré con mi primera epifanía futbolístico-erótica. A España le había tocado un grupo asequible: Escocia, País de Gales o Islandia no debían ser rivales para la consecución de la tan ansiada clasificación al país azteca. Sin embargo, tras ganar 3-0 a los galeses en Sevilla, dicha clasificación empezó a torcerse una aciaga noche en Glasgow. Yo vivía todavía en esa colmena de edificio en el barrio de Santa Bárbara, y desde la tele pequeña de mi habitación fui testigo de una severa y justa derrota ante los escoceses. Dos de los goles rivales fueron obra del baluarte de mis sueños húmedos durante las siguientes semanas. Se apedillaba Jonhson, y con su cabellera rubia peinó dos cabezazos a los que Arconada no pudo llegar en el primer tiempo. En la segundad mitad, en un lance del juego, el pantalón se le fue arriba, dejando visible ante las cámaras y mis ojos un glúteo blanco y marmóreo con el que soñé esa noche haciéndome una de mis primeras pajas. Esa imagen me persiguió durante un tiempo, y durante ese tiempo yo también la perseguí. Cuando años después vi la película de James Ivory Maurice, la imagen del rubio Jonhson todavía estaba ahí, así como su glúteo al que mi imaginación le concedió un lógico gemelo. Desde entonces, he tenido debilidad por los jugadores de fútbol rubios y con buen pandero: Koeman y Maceda, entre otros muchos, fueron otros compañeros de sueños sicalípticos que hicieron del fútbol para mí algo más que un deporte.

sábado, 28 de abril de 2007

Por qué odio al PP, parte I

Desde hace cinco o seis años he convertido la discrepancia en odio hacia unas siglas, que no hacia una ideología, que por supuesto no comparto y que, por culpa de esas siglas y de otros exponentes europeos como Berlusconi o Sarkozy, me cuesta cada vez más respetar.

El odio, como el amor, es algo que hay que intentar racionalizar. Es la única manera de que se convierta en un sentimiento inteligente, si se admite la contradicción. En este caso necesito poner por escrito por qué se me revuelve el estómago, o por qué me entran ganas de quemar el televisor, cada vez que por él salen reptiles como Zaplana, Acebes, Esperanza Aguirre o la sombra del enano con bigote.

Para empezar los odio, porque son la continuación del franquismo por línea familiar, que es la línea temporal que el antiguo régimen siempre ha utilizado como lógica del paso del tiempo. Trillo, Mariscal de Gante (ministra de nosequé en el primer mandato de Aznar I), Acebes, Aznar I, Esperanza Aguerrida o Michavila el Creyente, son sólo algunos ejemplos de vástagos de hijosdeputa que hicieron posible el franquismo desde posiciones ministeriales u otras sinecuras de más baja estopa. Por supuesto, no se nos puede olvidar el padre de toda esta estirpe dinástica: Fraga el Eterno, sólo que éste no es hijo, sino padre y espíritu santo del antiguo movimiento nacional embalsamado en vida para gloria de los gallegos y senadores de todo el reino. No obstante, los personajes no serían lo más importante en la continuación de la saga si no fuera porque la acción tiene los mismos ingredientes: nacionalcatolicismo a marchamartillo, coalición de intereses con el mundo empresarial y obsesión compulsiva en capitalizar la idea de España como algo ultramundano, anterior incluso a la formación del mismísimo universo.

Para continuar, los odio porque son los estandartes de la mentira mediática, actualizada hace cuatro años en arma de distracción masiva a propósito del desmadre de las Azores y la espantosa guerra de Irak. Para ello han hecho suya la frase de Goebels, antiguo ministro de propaganda en Alemania durante el III Reig: repite una mentira tantas veces como haga falta y al final se convertirá en verdad. Para ello los de la doble P se sirvieron de los servicios de la Urraca Urdaci, convertida a la sazón en pregonero oficial, aparte de acaparar debetes, tertulias y demás programas de información con periodistas afines. Nunca jamás había sentido tanta desesperación y vergüenza al ver un telediario como las que sentí hace tres y cuatro años apropósito de asuntos como la Huelga General, el desastre del Prestige, la guerra de Irak, la tramitación de leyes como la LOCE, el golpe de Estado institucional en la Asamblea de Madrid, y por supuesto, el horrible atentado islamista del 11 de marzo. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo la doble P intentó manipular a la opinión pública reduciendo sus informativos única y exclusivamente a la visión oficial que favorecía los intereses del gobierno de turno. De esta manera, asistí, espantado, a la mayor masacre mediática que ha sufrido la democracia española. Me di cuenta que en el mundo contemporáneo los golpes de estado con pistola tipo Tejero ya no son necesarios. Lo único que hace falta es hacerse con los medios de comunicación para cocinar la única verdad que quieres que los ciudadanos conozcan. Y eso, princiapalmente, más allá de la mala gestión en otros asuntos, fue lo que más me asústó de la doble P: su infinita capacidad para dejar sin valor real a la democracia.

Por otra parte, los odio con todos mis higadillos porque son los principales responsables políticos de que nuestros ecosistemas, tanto naturales como urbanos, estén degradadísimos. Ellos son los responsables del peor y el más insotenible desarrollo urbanístico de toda Europa, de que nuestras costas sean parajes desolados por el cemento y la especulación, de que el turismo de interior esté encaminado exclusivamente a resorts de lujo con imposibles campos de golf, de que las ciudades en las que gobiernan cada vez haya más coches y contaminación y menos servicios públicos de transportes, de que no se rehabiliten zonas históricas sino que se deje que se degraden con el único fin de especular, de que confundan progreso con destrucción urbanística y natural.

Finalmente, (por ahora), los odio por su pertinaz homofobia.

viernes, 26 de marzo de 2004

La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof), Tennessee Williams, 1955

Escrita en el amibiente macarthiano de los años cincuenta, esta obra de plenitud de Williams narra la decadencia de una familia en el estado de Tennesse durante los años de la postguerra.

El protagonista principal es Brick, el cual es retratado como un alcohólico empedernido y un homosexual reprimido. Para esta última descripción el texto no ahorra metáforas. Estamos ante una narración abierta ante un tipo de homosexualidad que el propio Williams debió de conocer bien. El centro narrativo de esa homosexualidad lo contituye la relación entre el protagonista y Skipper, el cual es referido en retrospectiva como su compañero de fútbol inseparable el que le unía algo más que una amistad. Esa amistad es discutida tanto por Maggie como por Big Daddy en el tercer y segundo acto respectivamente.

Big Daddy es conocedor de ese tipo de relaciones gracias a Jack Straw y Peter Ochello, los cuales le acogieron cuando todavía no había levantado su imperio de riquezas. Big Daddy, soprendentemente y a pesar de las circunstancias es el que clama tolerancia (p. 78), la cual la sitúa en un grado más de importancia respecto al algodón que le ha dado todo el poder que ostenta.

Historias de San Francisco (Tales of the City), Armistead Maupin, 1978

Esta es una novela sorprendente ya que no suele ser común que el estilo dickensiano de folletín funcione con calidad en los años en los que esta novela fue escrita.

Estamos ante un grupo de personajes que componen un fresco vivo, divertido y realista del San Francisco libertino de los setenta antes de la irrupción del sida.

La novela no es gay estrictamente hablando. Hoy día se la denominaría más bien queer, ya que la focalización temática recao no sólo en los personajes homosexuales, sino en aquellos que por lo que sea están fuera de la norma heterosexual, patriarcal y monógama que rige el establishment de la sentimentalia oficial.

La novela utiliza a cada uno de sus persoanjes para componer una focalización plural. En cada uno de los cortos episodias que componen la narración nos encontramos con un persoanje didstinto. Al principio aparentemente son personajes que no tienen ninguna conexión. Con el transcurso de la novela sus historias se irán interconectando.

El núcleo de la acción transcurre en Barbay lane, concretamente en el piso de alquiler de Mrs Madrigal. A él va a parar Mary Ann, la cual emigra a San Francisco en busca de vitalidad lejos de un Cleveland provinciano que no puede soportar. Allí entra en contacto con Connie, su amiga de intituto que hace casi diez años que no ve, entra a trabajar en la hilarante empresa Halcyon Communications en la que conoce a personajes como Beauchamp Day, el cual está casado con la histriónica DeDe, hija de Edgar, el propietario de la empresa, el cual termina enrollado, ante la crisis de su matrimonio con la dueña del número 28 de Barbary Lane. En esos apartamentos viven Mona, la cual trabaja en Halcyon al principio de la historia, Robert, el cual es significativamente hetero, y Michael, el cual es subrayativamente gay.

El corazón es un cazador solitario (The Heart is a Lonely Hunter), Carson McCullers, 1941


La primera frase de la novela ya es un adelanto de todo los concerniente a la homoafectividad de esta novela: “In the town there were two mutes and they were always together.” Por un lado tenemos la irremisible necesidad de estar juntas de dos personas; por otro, el silencio sobre la naturaleza de esa necesidad.

Los dos mudos se llaman John Singer, el cual constituye el núcleo de unión para el resto de personajes, y Antonapoulus, un griego que es transportado desde el comienzo de la novela a un psiquiátrico al que su amigo va regularmente a visitarlo.

El resto de personajes constituyen un fresco de la América sureña de los años treinta: un médico negro que vive con la gran frustración de ver a su gente resignarse a su situación social y racial en esa sociedad hostil e injusta en la que les ha tocado vivir; una adolescente, Mick Kelly, cuyos sueños y creatividad perecen aplastados por la realidad que sabe no va a ser capaz de superar desde el momento que ingresa en el mundo de los mayores; Brannon, el dependiente de un café que no cierra nunca y al que inopinadamente todos entran como espectros para ver la vida pasar; y Jack, excéntrico y desilusionado socialista que casi ha perdido la esperanza por poder cambiar el mundo y que a cambio decide vagar y vagar.

Todos ellos encuentran solaz en las conversaciones que tienen con Mr Singer, el cual apenas puede oírlos mas sí comprenderlos. Gracias al mudo tdos encuentran su voz, quizá por última o única vez en sus vidas.

Cuando Singer se suicida tras la muerte de su compañero todos quedan a la deriva, sin rumbo, sólo con la ligera esperanza que da un nuevo e incierto sol.