lunes, 17 de marzo de 2008

TEMPORADAS EN EL PALAU


Una de las muchas cosas que me unen a Miguel es nuestra pasión por la música clásica, y eso que dentro del amplio repertorio nuestras predilecciones difieren. Él prefiere todo aquello anterior a Mozart, lo que normalmente se suele considerar en forma estricta clasicismo, y yo me decanto más por todo lo contemporáneo y posterior a ese milagro de la naturaleza llamado Ludwig van Beethoven. Nuestro gusto por las artes escénicas hace que la ópera sea un punto de encuentro de nuestros deleites melómanos. Es por ello por lo que hace dos años esperábamos como agua de mayo la apertura del Palau de les Arts, desafortunadamente bautizado como Reina Sofía (qué originalidad). Durante la primera temporada no dudamos en sacarnos un abono que nos permitiera asistir, sin estrés a la hora de conseguir las entradas, a un número importante de representaciones. De esta manera disfrutamos de, por este orden, Fidelio, La Boheme, Don Giovanni, Les Sortileges et les enfants, El Oro del Rin y La Valquiria. Fue una temporada fantástica, no carente sin embargo de ciertos contratiempos. El más importante, sin duda, fue el fiasco escénico de Don Giovanni, una ópera que se debió suspender a causa del desplome de parte del escenario (¡ay, esas prisas por inaugurar, tan típicas de este país!) Mi amiga Miriam eligió esa ópera para llevar al que por entonces era sólo su prometido, Juan, nada amante de esta forma de representación musical. Yo mismo se la recomendé ya que entendí que era una buena manera de tomar contacto con la ópera debido a las numerosas arias conocidas que tiene y que la acción es archisabida. Más hubiera valido que lo hubiese llevado a ver una ópera de Schönberg, porque con lo que se encontraron fue con un concierto recitado ante la ausencia casi total de escenario. Además, el sitio que compraron a precio de oro les ofrecía, sobre el papel, visibilidad parcial. En realidad, la visibilidad era casi nula, como pudimos observar Miguel y yo.

Esa es precisamente otra de las objeciones que le hacemos al Palau de les Arts (nunca lo llamaré Reina Sofía, lo juro): su innecesaria incomodidad. Afortunadamente, este año se han eliminado aquellas localidades que ofrecían una visibilidad nula, y se han mejorado aquellas que la ofrecían sólo parcial, y es que no es cuestión de estafar al personal dado el precio escandaloso de las entradas. Sin embargo, hay ciertas incomodidades que persisten. Para empezar, todas las localidades fuera de la platea están diseñadas para enanos. Si mides más de 1,70 terminas la obra con el síndrome de la clase turista. Tienes las piernas como si acabaras de aterrizar de un vuelo desde Singapur. Luego está el problema de los subtítulos. Han querido ser tan modernos y tan cosmopolitas en el Palau que, en vez de ofrecer un sobretítulo para todo el mundo encima del escenario, te ofrecen uno individual en la butaca de enfrente para que tú mismo puedas elegir en qué idioma quieres seguir la acción. Bonita manera de eludir el frentismo lingüístico en una comunidad bilingüe. Seguro que hubiera habido movida si hubiesen puesto un sobretítulo único en un idioma único. El problema es que, al haber tan poco espacio entre butaca y butaca, mientras escuchas los avatares de Fígaro en la escena y tratas de entenderlos en el sobretítulo de la butaca de enfrente tu cuello va cogiendo un paulatino agarrotamiento que se acerca a la tortícolis a medida que el acto va llegando a su final.

Para evitar el síndrome de la clase turista aplicado a las artes escénicas, Miguel y yo optamos por pasar de abonos esta temporada. Preferimos sacar menos entradas pero mejores, es decir, entradas de platea que permitiera a nuestra sangre fluir por nuestras piernas libremente. Hasta el momento hemos visto Esponsales en el Monasterio, de Prokofiev, sorprendente actualización de la comedia donjuanista sevillana en pleno estalinismo, Orlando, de Haendel, cuya puesta en escena y segundo acto me cuativaron, y Las Bodas de Fígaro. Esta última ópera se presentaba como uno de los platos fuertes de la temporada, junto con Madama Butterfly, que veremos en próximo 25 de abril. Lo que más me gustó de la ópera de Mozart fue una puesta en escena clásica, a pesar de su ambientación decimonónica, y original al mismo tiempo, así como unas voces femeninas de lo más sobresalientes. Lo que me decepcionó profundamente fue el cantante que hizo el papel de Fígaro. Bien es cierto que mi referencia ahí no puede ser mejor: Hermann Prey, el Fígaro por excelencia del siglo XX, pero creo que a estas alturas soy capaz de entusiasmarme ante un buen cantante aunque no sea el mejor de toda la historia. No fue el caso con este Fígaro, entre otras cosas porque no es un papel para un bajo, sino más bien para un barítono como todo el mundo ducho en estas cosas sabe. No comprendo el por qué de ese reparto. Será cuestión de investigar en internet y averiguarlo. En fin, esperemos que no hayan elegido a un contralto para el papel de Pinkerton en Madama.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Alivio electoral

Hace unos años me decía mi amiga Belén, en uno de los numerosos viajes que hacíamos a Albacete para asistir a alguna reunión de mi antiguo partido, que era una pena que los altos cargos de ese antiguo (y ahora casi extinto) partido se estuvieran perdiendo mis dotes de analista y previsor electoral. Recuerdo que en plena campaña de las generales de 2004 le dije que me olía un atentado. Lo que nunca me imaginé fue que iba a ser la atrocidad que todos recordamos y que iba a ser uno que a la postre iba a propiciar el desalojo de la peor derecha de nuestra historia reciente de la Moncloa. En fin, menciono esto porque parece que esta vez me he equivocado. Le comentaba a una destacada dirigente de mi nuevo (y triunfante) partido que este año iba a haber abstención, pero que por primera vez en la democracia la abstención iba a venir por la derecha. Yo estaba casi convencido de que el discurso extremista del PP iba a alejar a muchos votantes conservadores moderados de las urnas, ante la ausencia de un verdadero partido de derechas con convicciones democráticas. Debía haberme imaginado que todo ese electorado, mucho más numeroso que la rancitud derechona que impera en el seno de la gaviota, iba a hacer justo lo que Gallardón hizo: callarse, joderse y obedecer. Quizá haya que esperar al surgimiento de una derecha rebelde en este país, aunque mucho me temo que rebeldía y derechidad son incompatibles en el ámbito político.

Por eso es un alivio que, a pesar de que la derecha callada y jodida ha obedecido y ha votado en masa según las directrices más extremistas de sus dirigentes, no ha conseguido vencer en un país cada vez más polarizado entre dos formas muy distintas de ver España (¡qué novedad!). La derecha ha vencido de forma indiscutible en mi levante natal, con todo el dolor que eso me ocasiona. Uno de los mensajes que recibí la noche triunfal del 9 de marzo fue de mi amigo Juanfra en el que se congratulaba de la victoria de nuestro ZP pero se lamentaba al mismo tiempo de que el PP hubiera obetnido 7 de los 10 diputados en liza en la circunscripción de Murcia. ¡Qué horror! Murcia, con lo hermosa que eras con tu huerta ahora sepultada en el cemento del mundo según Polaris. También ha triunfado la derecha de la España única, grande y ¿libre? en ambas Castillas y en una vez más atrincherada Madrid. Pero ha perdido en aquellas autonomías que cuestionan la unicidad de España, curiosamente las más pobladas y las que más escaños reportan: Canarias, Cataluña, el País Vasco, Andalucía, Islas Baleares…, y además se ha visto muy debilitado en otras plazas tradicionalmente fuertes como Galicia en las que el cambio generacional está regenerando la forma de ver la política más allá del caciquismo.

Es un alivio, pues, que mis predicciones en torno a la abstención no se hayan cumplido. Porque de haberse producido habría dado la victoria al PP, el partido que con casi los mismos votos que consiguió el 9 de marzo, obtuvo una mayoría absoluta ocho años antes. Está claro que en este país los que tenemos que estar alerta somos los que no nos queremos ni callar ni joder ni obedecer ante cualquier consigna. La izquierda debe estar vigilante para no caer en la abstención, ni siquiera cuando cada vez quedan menos partidos de izquierdas.

jueves, 7 de junio de 2007

Los monstruos como respuesta a la imposibilidad de entender la complejidad humana


Acabo de leer en la edición de El País digital de hoy 7 de junio la noticia sobre este bilbaíno de 36 años afincado en Londres, Alberto Izaga, quien aparentemente llevaba una vida perfecta... hasta que ha matado a golpes a su niña de tan solo dos años. Alberto era un alto ejecutivo de una empresa líder en el sector de las aseguradoras, tenía un sueldo de 750.000 euros al año (más de veinte veces lo que gano yo), y un lujoso apartamento junto al Támesis, al parecer el mismo en el que se desarrollan algunas de las escenas más familiares de la obra maestra de Woody Allen Match Point. En el artículo se hace énfasis en la aparente normalidad del sujeto según sus amigos más cercanos. Y es precisamente en esa cocinada normalidad donde yo empiezo a sospechar.

Para empezar, nadie puede llevar una vida normal si a cambio cobra la friolera de 750.000 euros anuales. Lo que ocurre es que a los medios de comunicación les encanta insistir en la aparente normalidad de los asesinos, ya sean maltratadores domésticos o psicópatas. Bien es cierto que, dada la poca profundidad que normalmente suelen tener la relaciones humanas, esa normalidad puede engañar a más de uno. Yo trabajo con personas a diario y veo miserarias y alegrías humanas todos los días. También veo que la gente se esfuerza en tapar aquellas cosas que les separan de la ansiada normalidad, verdadero bálsamo encubridor de las múltiples (y a veces poco deseadas) facetas del ser humano.

Pero yo no me trago que Alberto Izaga fuese una persona normal, así como tampoco que en él habitara el espectro del Dr Jackyll y Mr Hyde, respetabilísimo de día y monstruoso de noche. Lo importante aquí es comprender que los seres humanos somos demasiado complejors, y que la sociedad del siglo XXI es mucho más compleja y mucho más caótica de lo que somos capaces de comprender. Además, las exigencias que esta sociedad nos impone nos obligan a crear monstruos si queremos estar a la altura, bien porque no producimos todos los beneficios que nos exige nuestra empresa, bien porque la imagen de éxito que queremos proyectar no es lo suficientemente rutilante. El estar leyendo en estos momentos American Psycho, de Brett Easton Ellis, me ayuda a comprender el cariz destructor de una persona como Izaga. Tanto él como Bateman, el protagonista de la novela de Ellis, sufren un cortocircuito con las demandas humanas de sus entornos respectivos por culpa de otras demandas, feroces, inhumanas, de una maquinaria productiva que les convierte en personas de éxito por fuera y en monstruos voraces por dentro.

lunes, 4 de junio de 2007

Reencuentros con el deporte


Esta mañana, en el trabajo, me he encontrado con Rufo antes que con nadie. Lo primero que he hecho ha sido darle las gracias por la amabilidad que tuvo al regalarme una entrada para ver el partido que enfrentaba a la Unión Deportiva Almansa con un equipo de la frontera burgalesa dentro de la fase de ascenson a la insoportable y anodina Segunda División B, aunque a tenor de la insistencia que mostré para ir a ver el susodicho partido cualqueira pensaría que estoy escribiendo una sociología sobre las infradivisiones del fútbol español. Cuando me enteré que P y R iban a ir a animar a nuestro supuestamente nihilista compañero se me hizo el culo pepsicola como suelen decir en la meseta meridional, y no sólo porque añore la compañía de todos estos amigos, sino porque el fútbol es algo con lo que poco a poco me voy reencontrando. Ya he admitido que es un producto de la envolvente sociedad de consumo nuestra, y que el valor deportivo es sólo una excusa para que uan panda de empresarios y publicistas se forren. Ahora lo que quiero es rescatar aquellas cosas de este deporte que son dignas de salvar y que me retrotraen a mi infancia, adolescencia y parte de mi edad adulta. Ayer fui a ver un partido de fútbol en directo por primera vez en más de 10 años. El último había sido un encuentro en Segunda B entre el Murcia y el Cartagena. Este año que viene, aprovechando que los primeros estarán en Primera y en estadio nuevo lo mismo me da por ir con Antonio, el flamante marido de mi madre.

El otro reencuentro lo he tenido hoy jugando al tenis. Desde que estuve en Alcaraz en mis comienzos como docente no había cogido una raqueta. Hoy he vuelto a pegarle golpes a la pelota con un compañero bastante agradable de Tecnología que me propuso hace ya algún tiempo la idea. Me he sentido patoso, como no podía ser de otro modo. Aun así, los recuerdos de adolescencia, cuando montado en una bicicleta me iba con JA Totajada y Andrés Felipe a las pistas ruinosas de un club de tenis abandonado de las afueras, me han invadido. Fueron meses de duros reveses y repentinas directas, en los que la bola iba de una pista a otra impulsada con nuestras energías sudorosas de chicos de 17 años y la incertidumbre que daba la inexperiencia. Qué lástima que algunos de esos partidos, sobre todo los que jugué a solas con JA, no durasen hasta el alba. Seguro que hubiésemos hecho una buena pareja.

viernes, 1 de junio de 2007

Cena de graduación y conversaciones sobre la muerte de lo normal

El otro día estuve en la graduación de mis muchachos de la ESO y Bachillerato. Fue una ceremonia emotiva y larga, en la que fui agasajado con varios premios y regalos en reconocimiento a mi labor docente dentro y fuera del aula. Nunca supe en su momento cuán importante el viaje a Londres iba a ser para un grupo de muchachos de apenas 17 años que acaban de empezar a conocer el mundo. Pero ahí estaba uno de los premios más merecidos, Mr London, menuda machada!!

La noche estuvo salpicada de alcohol, como no pudo ser de otra manera. Son de estas veladas en las que te encuentras con los alumnos en otro contexto, en el que verdaderamente se nota la confianza humana que te has ido labrando con ellos más allá de las exigencias académicas. Y como el alcohol relaja las defensas y potencia las confesiones, allí estábamos mis más cercanos alumnos y yo, hablando tanto en castellano como en inglés de fútbol, Dios, el follisqueo y el amor. Me sorprende y me congratula obervar los pocos prejuicios que tienen ante ciertos temas, así como me preocupa las inseguiridades que les asolan en otros. Pero todos hemos tenido 17años, y tan seguros hemos estado de cosas de las que un mes después no dudamos en poner en tela de juicio si la inteligencia nos acompaña. Es lo normal cuando se es joven, y la inteligencia rebasa en poco a la insolencia.

También fue un momento propicio para hablar con otros colegas de profesión. El día a día en la sala de profesores se presta bastante poco a ciertas confesiones acerca de las relaciones de pareja. Apoyado en la barra, conversé con P, el profe de educación física y compañero de borrascas sentimentales de mi queridísima amiga R. A medida que hablo con gente poco convencional me doy cuenta el daño que las exigencias sociales le hacen a mucha gente en lo que respecta a las relaciones de pareja. Las exigencias sociales te impelen a mantener una relación monógama, y a ser posible, eterna. Eso es algo frente a lo que algunos nos rebelamos como mejor podemos, pero otros agonizan en el intento sin saber contra qué están luchando. Conozco a muchas parejas, la gran mayoría heterosexuales, que estarían de puta madre si ambos se permitiesen un respiro y no sacralizaran tanto el sexo.

Michael Foucault tenía razón cuando decía que el espíruto vicotoriano todavía se encuentra entre nosotros porque aún no hemos superado el deseo de hablar del sexo como algo que debemos regular. La sociedad ha estado regulándolo desde siempre, quizá en los últimos dos siglos con más insistencia que antes. La sociedad lo ha convertido en pecado, en crimen, en enfermedad. Y hoy en día estamos obsesionados en regular aquellas prácticas nocivas para la pareja. El sexo siempre debe practicarse en pareja para que la pareja vaya bien. Ha de practicarse equis veces a la semana. El problema es que los discursos públicos sobre el sexo son muy poco diversos para la cantidad de parejas, hetersexuales y homosexuales, que hay. El mismo discurso no engloba el deseo de todos, y así, hay parejas que deciden compartir otras cosas y dejan el sexo para otros. Luego hay otras parejas que siguen compartiendo el sexo, pero que no se cierran a nuevas experiencias. Y, aunque parezca mentira, también las hay que son monógamas por propia iniciativa (de estas, conozco pocas, la verdad).

P y yo estuvimos hablando de la tiranía de las convenciones, que algunas veces inopinadamente asumimos, y de las que tanto trabajo nos cuesta deshacernos. Estuvimos poniendo en tela de juicio la monogamia y lo absurdo que para algunas personas como nosotros es, así como la riqueza personal que hay en las relaciones abiertas y consentidas en las que lo importante es que siempre hay algo aparte del sexo que compartir y disfrutar.