miércoles, 26 de marzo de 2008

TARDES EN ESTOCOLMO, ANOCHECER EN LA VIKING LINE Y LAGOS DE FINLANDIA


Hace ya más medio año que me fui con Miguel, Juanfran y Tere a alcanzar el cículo polar en verano. Siempre he sentido fascinación por los países septentrionales, sobre todo si van precedidos por fama de civilizados. Finlandia, según el informe pisa de los cojones, es el país con mejor nivel educativo, y eso que allí no se puede repetir de curso. Buena nota deberían tomar los centinelas de la repetición. En fin, mi objetivo no es hablar de educación, sobre todo estos días que estoy de baja médica por depresión, sino recordar lo que hicimos mis amigos y yo el último verano.


Estocolmo me recordó a las películas de Bergman más sofisticadas, y eso que la mayoría están ambientadas en zonas rurales. Será que tiendo a mezclar el espíritu del recién fallecido director con el inmortal Woody Allen. Las iglesias de torres empinadas y las calles estrechas del Gamla Stan me recordaban la escena onírica de Fresas Salvajes en la que el protagonista sueña con su propia muerte, o al menos, con su propio entierro. Además de eso, recuerdo los tranvías, el bullicio tranquilo, el mar confundiéndose con el lago, los puentes, las tardes alargadas, los chicos con esa belleza tan asombrosamente elegante.

Tras cuatro días de apacibles paseos, relajadas y caras cenas con arenques y otros peces del norte, nos embarcamos en la Viking Line rumbo a Helsinki. Fue una de mis apuestas más arriesgadas para el viaje, ya que nunca antes había hecho una travesía en barco y me daba punto atravesar parte del Báltico. Es difícil olvidar las pequeñas islas que dificultan la orografía costera sueca mientras no llegaba a anochecer del todo. O la sauna a bordo llena de finlandeses ahítos por salir de ella y empanzonarse de alcohol barato. Y no es nosotros no lo hiciéramos. La botella de Jack Daniels que los cuatro nos zampamos a palo seco mientras llegamos a las islas Arland es uno de los recuerdos más brumosos que tenemos de la travesía. Yo apenas pegué ojo en nuestro pequeño camarote para cuatro. Cuando amaneció (apenas tres horas después de haber anochecido) entendí que era una de las pocas oportunidades que iba a tener de ver el mar abierto, como así hice. Qué pena que no hubiera a esas pequeñas horas ningún bar abierto porque me moría por un café por muy aguado que estuviera.

Helsinki nos sorprendió a los cuatro, quizá porque nos habían dicho que era la ciudad más fea del Báltico. Nada más lejos de la realidad, y eso que hay muchas ciudades ribereñas del nórdico mar que desconocemos. Es una ciudad austera y bien organizada, pero de fea nada. Incluso yo diría que dentro de unas décadas será una ciudad muy reseñada por su nueva arquitectura.


El resto del viaje tuvo mucha carretera, mucho bosque y mucho lago. Los lagos finlandeses son interminables, aunque lo mejor de todo no es contemplarlos, ejercicio que al final se torna en monótono como el paisaje llano del país. Lo mejor es zambullirte en ellos después de haber tomado una intensa sauna como sólo en el país que la inventó en posible. Al vivir en la árida meseta sur, estoy poco acostumbrado es este accidente geográfico y a decir verdad creo que es la primera vez que experimentaba un baño en plena naturaleza y me sorprendía que el agua que resbalaba por mi labios tuviera ese sabor exento de cualquier salinidad.

DE REPENTE... LOS ÚLTIMOS OSCARS

En la obra maestra de John Makievick De Repente el Último Verano asistimos a un brote de violencia inusitado, que vemos cocerse a lo largo de todo el largometraje pero que aún así nos inunda de sorpresa cuando se produce.

Lo mismo ha ocurrido con las últimas cuatro ediciones de los premios de Hollywood si revisamos las cuatro películas que se han alzado con el premio a mejor filme. Es difícil decir cuál de ellas es más violenta o en el cuál la violencia se cuece con mayor calma y eficacia. La apelación a lo sangriento y destructivo es un constructor irrenunciable del cine comercial y, sin embargo, si se sabe hacer bien puede ser un ingrediente inestimable para la configuración de una gran película. En estos cuatro años la veteranía de directores de la talla de Clint Eastwood, Michael Scorssesse (ya era hora que le dieran el Oscar en 2007, aunque fuera a toro salvaje pasado) o los hermanos Coen se han encontrado con un aprendiz como Paul Haggis, que a la vera del propio Eastwood supo sacar de lo violento lecciones de maestría para una irrepetible Crash que dejó a los vaqueros de Brokeback Mountain desmontados.

El reconocimiento durante estos cuatro años al cine violento (de boxeo, de tensiones raciales, de gángsters o de llaneros solitarios sin escrúpulos) nos tiene que hacer reflexionar sobre el tipo de comportamientos humanos que estos subgéneros cinematográficos encierran. Por una parte, la violencia sigue siendo parte inherente al siglo recién estrenado después de que la humanidad cerrara uno de los siglos más sangrientos de la historia. Por otra parte, el uso de subgéneros clásicos como el cine de frontera de los Coen, el cine de boxeo por parte del gran maestro de los western, el de bandas organizadas al más puro estilo ítaloamericano y el de tensiones raciales nos hace pensar en que las formas de filmar esa obsesión humana por la resolución violenta de conflictos sigue siendo la misma que en décadas anteriores. En este sentido, apenas podemos hablar de un verdadero cambio de siglo.

Y el avión volvió a aterrizar junto a Manhattan

La historia sobre mi último viaje a Nueva York tiene su origen en una obra de teatro que Miguel y yo fuimos a ver en el Teatro Regio de Almansa. La obra, titulada Como Abejas Atrapadas en la Miel, de Doublas Carter Beane, había sido un exitazo en off-off broadway, de manera que su cartel promocionó como mínimo al off broadway, quintaesencia del teatro alternativo.

La obra, como muchas tantas otras, tiene lugar en Nueva York. Sin embargo, lo que a mí me cautivó y me llevó de nuevo a tierras yanquis fue la escena en la que la protagonista, Alexia nosequé, se encuentra a las cuatro de la mañana en el ferry que uno las islas de Manhattan y Staten Island. Enseguida me di cuenta que tenía que volver, que mi cuerpo no me iba a perdonar no comprar inmediatamente un billete de ida y vuelta y experimentar otra vez las líneas preceptúales de los rascacielos y las perfectas avenidas.

Tenía reservada la navidad para terminar mi interminable tesis, así que decidí reconvertir ese propósito haciendo las maletas y plegando mi portátil: la iría a terminar en la ciudad donde la empecé hacía tres años y algo. Sabía perfectamente que ese no era el propósito principal de mi viaje, que el objetivo era encontrar una parte de mí que se quedó entre las calles y avenidas numeradas para siempre, quizá una de las partes de mí que constantemente me llamará de vuelta.

El vuelo de la Continental no iba lleno, lo cual me supuso dos asientos para mí, mis piernas y mis enseres (MP4, libros, libretas y la comida que a cuenta gotas la azafatería iba sirviendo). El momento del aterrizaje sobre Newark sabía que iba a ser especial, como lo fue en el verano del 2004 cuando contemplé en plena tarde la isla de Manhattan deslizarse calle a calle de norte a sur y el corazón se me paró ante lo que más me fascina de Nueva York: la perfecta geometría de sus líneas rectas. Esta vez pude ver el suelo cubierto de nieve desde Upstate. Ya en el coche, rumbo a un sitio del que nunca antes había oído hablar llamado Germantown, le comenté a Victor lo inusual que era para mí ver tanta nieve. Cuando llegamos a su mansión del siglo XVIII (Teviotdale se llamaba, como extraída de un cuento de Washington Irving), me tuve que acostumbrar al tacto crisposo de la nieve profunda bajo mis pies. Nunca antes había pisada tanta nieve ni tan dura. Nunca antes había visto ni siquiera un lago helado, o un coloso fluvial como el Hudson fluir con tantos bloques de hielo, y eso que este invierno ha sido benigno por aquello del cambio climático y todo lo demás.

Mi semana en Upstate fue de lo más gay e idílica. Victor fue una compañía memorable en muchos aspectos: buen conversador, culto, sensible, generoso y exquisito. Una pena para él que yo no respondiera a sus avances, pero francamente, no era mi tipo. De todas formas, ahí quedan nuestras cenas y comidas tanto dentro como fuera de Teviotdale; nuestras sesiones en el gimanasio; nuestra excursión a un cine extrañamente provinciano a ver esa maravilla llamada Atonement y esas revelaciones de nuestras dudas y certezas sobre eso que llamamos vida.

La semana siguiente fueron días en la Public Library y noches en The Splash. La biblioteca la utilicé para repasar mi tesis. Todos los días cogía el express desde la calle 86 que me dejaba en apenas cinco minutos en Central Station. Mi MP4, con The Muse a los auriculares, acompañó mi experiencia urbana desde el subsuelo.

Cuando terminaba de trabajar, a eso de las seis, callejeaba (¿o se puede decir avenidaba?) por la quinta o por Madison. Un día cogí el metro y llegué a Bowling Green. Al principio creía que iba a ir a Brooklyn y mirar Manhattan desde Dumbo. Pero decidí seguir los pasos de Alexia nosequé y me embarqué, a las siete de la tarde, en el ferry hacia Staten Island. A bordo, desde la popa, viendo la isla nocturna empequeñecerse y hacerse más brillante desde una imposible oscuridad, recordé que había perseguido un sueño, por trivial que pareciera. Había cruzado un atlántico sólo para ver Manhattan hacerse pequeño para, media hora después, en el ferry de vuelta, verlo en grandeza otra vez. Las lágrimas que el viento gélido dejaron en mis ojos atestiguaban que había merecido la pena. Entonces me acordé de todos los que echaba de menos en España. Y mandé dos mensajes.

Las noches de Splash merecen capítulo aparte.

domingo, 23 de marzo de 2008

Pozos de Ambición y La Guerra de Charlie Wilson: La espina dorsal del imperio






Estos días de asueto santo (no en mi caso, por lo santo) he visto dos películas en la gran pantalla que reflejan las inquietudes del imperio norteamericano a principios y a finales del siglo pasado, que fue en definitiva el siglo en el que la república que Jefferson, Washington y otros más crearon tomó tintes imperiales.

La primera de ellas, There will be blood, más conocida en castellano con el dudoso nombre de Pozos de Ambición, está basada en una novela de uno de los escritores realistas sociales que más reivindicación merece, Upton Sinclair. El título de la novela Oil!, signo de admiración incluido, resume el ansia de petróleo por parte de Daniel Plainview, un llanero solitario que encarna el espíritu pionero y emprendedor que tanto ha hecho por configurar el alma de una nación que, incluso hoy en día, basa su grandeza económica en la dependencia global de esa cruda materia prima. La película ha aburrido a muchos de mis amigos y conocidos. La han tildado de lenta y los más expresivos me han comentado que es un auténtico coñazo, hasta tal extremo que a punto estuve de no ir a verla. Sin embargo, la película me cautivó por varias razones: la austeridad brutal de las escenas en relación con el impactante medio, una fotografía precisa como hacía tiempo que no veía (al día siguiente me enteré que había ganado el Oscar en esta categoría), o una dirección inmejorable en las escenas litúrgicas que te recuerda que sólo el director de Magnolia es capaz de resaltar la angustia y la contradicción de los falsos profetas. There will be blood es una película que será recordada no sólo por la actuación de un a veces sobreactuado Daniel Day Lewis sino por la precisión con la que se refleja el imposible equilibrio entre la ambición ilimitada y la integridad individual.

La segunda película, La Guerra de Charlie Wilson, es una expiación sobre el patio trasero (quizá el único existente) de la política exterior estadounidense. Últimamente, y al socaire de la infame intervención en Irak, han florecido numerosos títulos llamados a poner en tela de juicio el papel de los amos de mundo en el tablero de las relaciones internacionales. No hay sino que recordar películas relativamente recientes como El Mensajero del Miedo, Siriana o Leones por Corderos. La Guerra de Charlie Wilson versa sobre la gestión de un congresista del mismo nombre en la intervención encubierta de los EEUU en el conflicto entre una moribunda Unión Soviética y el Afganistán pre-talibán. El filme recoge una de las mayores contribuciones de Julia Roberts al cine, convertida para la ocasión en una reedición miss bandera confederada de Helena de Troya, sobre todo gracias a un guión chispeante que no te deja tregua y que te deja con ganas de volver a ver escenas en DVD con el fin de pararlas y memorizar algunas de las frases que rezuman ese cinismo inteligente que, por desgracia, tan bien caracteriza a tantos políticos contemporáneos que luchan por sobrevivir.

sábado, 22 de marzo de 2008

El Mundo según John Irvin

El año 1975 fue muy importante para las letras anglosajonas, tanto en una lado como en otro del atlántico. En ese año vieron la luz Changing Places, de David Lodge, Wilt, de Tom Sharp y The World According to Garp, de John Irving. Las tres novelas tienen un nexo común: todas ellas exploran, desde un irrenunciable realismo, el mundo académico en referencia al resto de un mundo cada vez más caótico e incomprensible. Las dos primeras optan por la parodia de costumbres, y en ocasiones, el sarcasmo ácido.

En El Mundo según Garp nos encontramos con una de las yuxtaposiciones más inusitadas entre comedia y tragedia en las letras actuales. Se podría considerar como un reflejo del mesianismo contemporáneo que va más allá de la crítica y contempla la compasión hacia aquellos que lo practican y, sobre todo, lo padecen. El mundo según Garp se nos aparece como una especie de evangelio, punto de vista incluido en su propio título. La palabra de Garp es una palabra en la que la redención está en el género, punto de inflexión de encuentro y desencuentro, de comedia y tragedia, de solución y resolución a la largo de toda la novela.

Así como también ocurre en los Evangelios, y en las grandes narraciones occidentales, la novela está repleta de narraciones insertadas a modo de fábulas paralelas o incluso de parábolas. En este caso son las narraciones de TS Garp, escritor destinado a reflejar un mundo lleno de ansiedades sexuales que hereda de su madre, autora de un manifiesto feminista a su pesar.