sábado, 25 de julio de 2009

Bosnia, one week away and still so near

I have had one week to take my bearings since I came back from the lovely Bosnian forests, fields and valleys. I still have to upload the pictures I took from the Peace March that show the ordeal that my new friends and I embarked on. The reason why I haven't done it so far is this lousy Internet connection I have here at the beach, where I have been resting since my arrival. There were hard moments, especially the day when we visited the museum of horrors in Potacari. The whole experience is sinking in and I realize that the effort has been worth it. As soon as the new political year starts in September I will let everybody in my local organization know about the trip so that the word spreads and more and more people can go next year. Congratulations, Edin, Jasmin and other members of PSD in Gracanica for making this experience happen.

viernes, 17 de julio de 2009

Homage to Srebrenica

I walked in the Valley of Death
among the living and the praying
and as I sighed and cried
I heard wanderers wonder why
did it all happen?
It only takes one crazy man
and thousand idiots ready to follow
and still why did it happen?
Men are sadists
and like to play Jesus,
feel absolute control
over other human lives
but still why did it happen?
There are lessons we never learn
of human holocausts
from the dawn of time
and yet will it ever happen again
when it only takes one crazy mind
and thousand of ignorant obedient hands to strike?
Let it not happen again,
Let us not walk in any more Valleys of Death.

martes, 23 de junio de 2009

Götterdämmerung: El fin de la Tetralogía

Hace dos años, Miguel y yo comenzamos la andadura del ciclo nibelúngico con El Oro del Rhin. Unas semanas después, la codicia de Alberich aún sonando, vino La Valquiria con su cabalgata. Tuvimos que ver cómo la dirección del Palau se sacaba de la manga el absurdo as del Festival del Mediterráneo con el fin de recaudar más dinero fuera de abono al año siguiente, eso sí, programando sólo Sigfried. Este año, también en el Festival del Mediterráneo hemos asistido a una memorable representación de El Ocaso de los Dioses, o Gotterdammerung, como me gusta rememorarla en un alemán de dudosas diéresis que no sé dónde poner. Sin duda alguna, y en contra de algunas opiniones que había escuchado, es la más espectacular de cuantas óperas forman la épica tetralogía wagneriana. Las más de cinco horas que dura la representación suelen ser óbice para que muchos amantes a la ópera (más bien al bel canto) se acerquen a disfrutar de la mejor música sinfónica del siglo XIX. Bien es cierto que Wagner no se preocupaba (especialmente en esta tetralogía) por componer arias de lucimiento, pero la fuerza que tiene la orquesta (el paso del prólogo al acto primero, o la muerte y funeral del héroe Sigfried), el dúo entre Brunilda y Sigfried en el primer acto, o el coro respondiendo a la llamada de guerra de Hagen en el segundo son suficiente motivo para el deleite. Esta irrepetible producción de El Anillo ha tenido como protagonistas estelares a La Fura dels Baus, quienes han reinventado la escenografía wageneriana con su nueva tecnología visual, a pesar de lo chocante que ha sido en ocasiones, como la puesta en escena de los Guibichungos en un alarde futurista que no se sabía si era Friz Lang o un cómic manga japonés.
La única nota decepcionante (nada puede ser perfecto) fue la destrucción del Valhalla, que en esta producción se reduce a algo meramente conceptual acompañado de una explicación grabada en fuego. En otros montajes era lo más espectacular de las más de quince horas de Anillo.

sábado, 20 de junio de 2009

Berlín: evocaciones fílmico-literarias casi un año después

Belén, hace un tiempo, me recomendó que leyera a Philip Kerr, escritor irlandés de novela negra. En concreto, me recalcó una trilogía, formato siempre tan de moda, titulada Berlín Noir. El otro día, de camino a Toledo para asistir a una reunión, comencé a leerme en el autobús la primera entrega, March Violets, la cual hace referencia a las adhesiones al nuevo régimen nacionalsocialista que se extendieron como brotes inesperados de violetas tras las infaustas elecciones de marzo de 1933. Berlín, en esa novela, le sirve de laberinto socio-emocional a las contradicciones del detective privado, otrora agente de policía, Bernie Gunther. Precisamente el laberinto urbano y sus nombres largos pero fácilmente descifrables me han traído a la memoria escenas de este verano pasado.




El que no escriba una entrado sobre un viaje concreto no quiere decir que ese viaje no haya dejado mella en mí. La única forma de que un blog como este fluya es no constriñendo las ganas de escribir a una supuesta responsabilidad. Sólo así se consigue la libertad necesaria para hacerlo cuando a uno le sale realmente de las pelotas. Y en ocasiones un viaje, como es este caso, va ligado a una lectura. Bien es cierto que el Berlín de los años 30 cambió mucho a medida que la década se fue haciendo más siniestra, y no ya para los berlineses de un lado y otro del muro de las lamentaciones, sino para el resto de la humanidad que se limaba las uñas. Si eso fue así en apenas una década, intentar sondear la misma ciudad casi más de setenta años después, con lo que eso supone para una ciudad que ha visto ocupaciones y particiones a cuatro, muros erguidos, muros destruidos y conservados, arquitectos de vanguardia y adolescentes eternos de medio mundo buscando un nuevo sentido a sus borracheras, se convierte en una empresa complicada. Pero no imposible. Hay dos referencias a sendas plazas que me transportan de nuevo en ese vuelo de Air Berlin a la ciudad más reinventada del último siglo: Alexanderplatz y Postdamerplatz. La primera de ellas, donde Bernie Gunther tiene su oficina huérfana de secretaria, ya en los años inmediatamente posteriores al incendio del Reichstad tenía conciencia de su orientalidad, como si adivinase soviéticas invasiones que se antojaban inevitables. No debe de haber cambiado mucho, por cuanto los tranvías nunca han dejado de estar ahí ni los edificios altos aunque unos hayan sido sustituidos por otros. Postdamerplatz en su día quedó circunscrita a la parte occidental. La primera impresión que tuve de ella fue la de un descampado infame y degradado por la desidia urbana que corroyó a muchas ciudades en los años 70. Fue en la película de Wim Wenders El Cielo sobre Berlín, que Miguel y yo vimos días antes de nuestro viaje con el resto de amigos. Hoy en día es uno de los puntos con mejor conjugación rectilínea del mundo contemporáneo, y una muestra de que las ciudades no dependen tanto de las circunstancias adversas para sobrevivir, sino del carácter por sobresalir de algunos de sus habitantes, que son los que al final imprimen eso tan difícil de definir como es la fuerza colectiva.

Para ilustrar el sentir general de una ciudad y su perdurabilidad a pesar de los devaneos históricos me quedo con un pequeño fragmento de March Violets:


“Berlin. I used to love this old city. But that was before it had caught sight of its own reflection and taken to wearing corsets laced so tight that it could hardly breathe. I loved the easy, carefree philosophies, the cheap jazz, the vulgar cabarets and all of the other cultural excesses that characterized the Weimar years and made Berlin seem like one of the most exciting cities in the world.”


Philip Kerr escribe desde la atalaya del presente. Sabe, como sabemos los que hemos estado sondeando la geografía urbana de la metrópolis germana, que esos excesos culturales, sean en la isla de los museos, en la mezcolanza de culturas de una discoteca situada en el ático de un nuevo rascacielos o en una jornada dedicada al paseo en bicicleta (perfecto para descubrir esta ciudad), están de vuelta, y que la república de Weimar, por muy breve e intensa que fuera en los años del Cabaret que tan bien retrara Bob Foss, están allí para quedarse y hacer, efectivamente, de Berlín una de las ciudades más emocionantes que uno puede pisar y recordar después.

lunes, 15 de junio de 2009

Conan Doyle, América y los fundamentalismos

La figura literaria más trascendente del escritor escocés Arthur Conan Doyle, el inspector Sherlock Holmes, a veces ensombrece la sorprendente talla narrativa de su creador. Sherlock Holmes se ha prestado tantas veces a versiones de dudosa calidad cinematográfica (algo parecido le ocurrió al monstruo de Viktor Frankestein), y a tanta referenciología popular que su origen literario queda aparcado en las injustas cunetas de la literatura de serie B. Nada más lejos de ser así, sobre todo si tenemos en cuenta las narraciones largas en las que el detective privado de Baker Street es protagonista. Arthur Conan Doyle era más narrador de distancias largas (no en vano, era victoriano, aunque de la etapa tardía), y es precisamente en sus novelas donde se percibe su maestría. Una de los aspectos que sorprenden cuando uno se acerca a estas historias de pasmosa deducción lógica, referentes indiscutibles para cualquier narrador de novela negra que se preste, es su predilección por trascender el género lógico-deductivo. De hecho, novelas como "Un Estudio en Escarlata" o "El Valle del Miedo" están estructuradas de manera muy similar: ambas están dividas en dos partes. En la primera, se investiga y resuelve el crimen en cuestión, acaecido en el sur de Inglaterra. En la segunda, se sondea el origen de los motivos de dicho crimen, para lo cual en ambos casos tenemos que retrotraernos un par de décadas y cruzar el Atlántico hasta el nuevo continente. A mi juicio, son estas partes las que hacen que estas dos novelas sean de auténtico interés. En ellas, Conan Doyle se adentra en los mundos oscuros de sociedades que, en principio, fueron creadas para la mejora de las condiciones de vida de sus socios pero que, en cuestión de poco tiempo, derivaron en tiranía y fundamentalismo. "Un Estudio en Escarlata" versa sobre el éxodo de los primeros mormones hacia las tierras inhóspitas de las praderas septentrionales, hasta su asentamiento en Salt Lake City, en medio de las inexpugnables Rocosas. "El Valle del Miedo", por su parte, trata cómo una Logia Secreta se convierte en una verdadera estructura mafiosa en uno de los valles mineros de Pennsylvania.
La predilección de Conna Doyle por temas de intolerancia gremial no se circunscribe a estas dos narraciones, sino que también está presente en una de sus historias cortas más sobresalientes: "Las Cinco Pepitas de Naranja", acerca de los desmanes del primer Ku Klux Klan tras la Guerra de Secesión.