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domingo 10 de abril de 2011
La filosofía del instante
Un año entero es un instante, eso es algo que ya nadie que ha vivido lo necesario se atreve a dudar. Un año es casi el tiempo que hace desde que escribí mi última entrada en este blog y el tiempo en el que tantas insignificantes cosas han ocurrido: nos han bajado el sueldo a los funcionarios (a los que hacemos que la cosa pública funcione); España ha ganado el mundial y las calles se llenaron de banderas que nos hicieron olvidar por unos días lo jodidos que estábamos; ha empezado un nuevo curso; los sindicatos han vuelto a quitarse la corbata y pisar la calle; el gobierno ha seguido con la hoja de ruta de los mercados(esos entes sin rostro que nos oprimen); los obreros continúan menos protegidos que nunca; las grandes empresas han cosechado beneficios, y que nadie se los toque; Fuyushima se ha convertido en otro sinónimo del infierno en la tierra, ese lugar sin límites ahora con ascendencia tsunámico-nuclear; Zapatero ya no tiene remedio y nos deja a los demás pensando qué remedio le damos a una política que ya se cuida ella sola de que nadie meta las narices en sus asuntos más delicados. En fin, un año.
miércoles 28 de abril de 2010
EL DÍA EN QUE NAJWA VOLVIÓ A CLASE
El caso de la niña del hiyab ha expuesto claramente las vergüenzas de buena parte de los profesionales de la educación.
Crecer como niña en un ambiente musulmán en España es todo menos fácil. Las presiones familiares para mantener los símbolos que hacen visible tu pertenencia a un grupo étnico minoritario son tremendas. El sujeto en cuestión, en este caso la niña, interioriza esas presiones y las hace suyas, convirtiendo el hiyab en algo que la protege (algunos podríamos, y con razón, pensar que la discrimina). Para una adolescente musulmán ir sin su hiyab, si ha sido criada en un fuerte ambiente de presión religiosa, es como ir desnuda.
Siempre he mantenido que una de las funciones de una verdadera escuela democrática debe ser proporcionar a los niños las oportunidades que, por diversos motivos, no han podido encontrar en el ámbito familiar. Con la negativa rotunda de los institutos Camilo José Cela y San Juan de la Cruz ,de Pozuelo de Alarcón, de abordar con valentía y sin prejuicios el tema de su velo islámico, amparándose en la ridícula norma de que nadie debe llevar la cabeza cubierta a clase, Najwa ha sido condenada a estar envuelta a él de por vida. El fuerte rechazo de una sociedad mayoritaria lo ha visto concretado en esa prenda que, le guste o no, a partir de ahora representará más que nunca su santo y seña como mujer musulmana. No se puede equiparar el hiyab a una gorra de beisbol, de la misma manera que no se puede comparar un colgante con un crucifijo con otro que lleve el emblema de los Rolling Stones. Los primeros llevan una carga religiosa que, independientemente de nuestra postura ante el laicismo (y yo tengo una bastante radical en muchos aspectos), nos debe obligar a una reflexión y un respeto. Estar a favor de una escuela laica y libre de símbolos religiosos no me impide aceptar que la presencia de uno ajeno a mi tradición cristiana me dé, como profesor, una nueva e imprescindible oportunidad de educar en la libertad. Para ello nunca me incomodaría la presencia de un hiyab, de la misma forma que nunca me han incomodado la presencia no impositiva de crucecitas o medallas de la virgen en el cuello de mis alumnos.
Crecer como niña en un ambiente musulmán en España es todo menos fácil. Las presiones familiares para mantener los símbolos que hacen visible tu pertenencia a un grupo étnico minoritario son tremendas. El sujeto en cuestión, en este caso la niña, interioriza esas presiones y las hace suyas, convirtiendo el hiyab en algo que la protege (algunos podríamos, y con razón, pensar que la discrimina). Para una adolescente musulmán ir sin su hiyab, si ha sido criada en un fuerte ambiente de presión religiosa, es como ir desnuda.
Siempre he mantenido que una de las funciones de una verdadera escuela democrática debe ser proporcionar a los niños las oportunidades que, por diversos motivos, no han podido encontrar en el ámbito familiar. Con la negativa rotunda de los institutos Camilo José Cela y San Juan de la Cruz ,de Pozuelo de Alarcón, de abordar con valentía y sin prejuicios el tema de su velo islámico, amparándose en la ridícula norma de que nadie debe llevar la cabeza cubierta a clase, Najwa ha sido condenada a estar envuelta a él de por vida. El fuerte rechazo de una sociedad mayoritaria lo ha visto concretado en esa prenda que, le guste o no, a partir de ahora representará más que nunca su santo y seña como mujer musulmana. No se puede equiparar el hiyab a una gorra de beisbol, de la misma manera que no se puede comparar un colgante con un crucifijo con otro que lleve el emblema de los Rolling Stones. Los primeros llevan una carga religiosa que, independientemente de nuestra postura ante el laicismo (y yo tengo una bastante radical en muchos aspectos), nos debe obligar a una reflexión y un respeto. Estar a favor de una escuela laica y libre de símbolos religiosos no me impide aceptar que la presencia de uno ajeno a mi tradición cristiana me dé, como profesor, una nueva e imprescindible oportunidad de educar en la libertad. Para ello nunca me incomodaría la presencia de un hiyab, de la misma forma que nunca me han incomodado la presencia no impositiva de crucecitas o medallas de la virgen en el cuello de mis alumnos.
miércoles 7 de abril de 2010
Deambulando en bici por los alrededores de Almansa otra vez
Hacía tiempo que no salía en bici por los alrededores de esta pequeña ciudad fronteriza. El viento que soplaba en mi contra conforme me alejaba unos cinco kilómetros al norte en falso llano ascendente me han hecho acordarme de la ascensión al Tourmalet. Supongo que la falta de fondo ciclista tampoco ha ayudado a combatirlo. Al llegar a un pantano que no veía desde hacía un lustro me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía desde su último dragado y limpieza. Me posé al filo del mismo y me imaginé, que de repente, venía una alud de agua frente al cual poco podría hacer. Me acordé de la cuarta parte del poema de T.S. Eliot The Wasteland, ese que se titula “Death by Water”.
Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
A current under sea
Picked his bones whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
Gentile or Jew
O you who turn the whell and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.
Miré el cronómetro que recientemente compré en Decathlon para consultar las pulsaciones y decidí, ya con el viento a favor, que era hora de volver a casa.
Nota sobre el tal Phlebas: es un nombre griego que TS Eliot directamente se inventó, tal y como también hacía Borges en muchas narraciones. Lo que ocurre es que tanto uno como el otro te introducen esos nombres que tanta solemnidad que te crees que hay un engarce histórico o literario que se te escapa.
Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
A current under sea
Picked his bones whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
Gentile or Jew
O you who turn the whell and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.
Miré el cronómetro que recientemente compré en Decathlon para consultar las pulsaciones y decidí, ya con el viento a favor, que era hora de volver a casa.
Nota sobre el tal Phlebas: es un nombre griego que TS Eliot directamente se inventó, tal y como también hacía Borges en muchas narraciones. Lo que ocurre es que tanto uno como el otro te introducen esos nombres que tanta solemnidad que te crees que hay un engarce histórico o literario que se te escapa.
martes 13 de octubre de 2009
En el desván de los libros perdidos
Hoy he subido al desván donde una vez apilé los cientos de libros que decidí no iban a viajar conmigo desde que, hace ya casi quince años, volé del nido familiar. Aparte de las arañas patúas y el indigesto polvo apilado por años de inacción, me esperaban innumerables volúmenes que algún día, en los albores de mi vida lectora, devoré. Sería tedioso hacer una recopilación de muchos de ellos; no en vano, la razón por la que estaban allí era porque no creí en su momento conveniente tenerlos a mano. Para una persona como yo que salía a razón de uno o dos libros por semana en mis años universitarios, pretender tener una biblioteca personal exhaustiva siempre al lado es imposible, especialmente si tenemos en cuenta que estuve vagando de una casa de alquiler a otra durante más de cinco añitos, durante los cuales me acordé de los muertos de más de un autor por obligarme a cagarlo a cuestas cada vez que tocaba mudanza. Sin embargo, muchos recuerdos de horas pasadas en la mecedora se han agolpado demasiado deprisa. La razón por la que he invadido la planta segunda de la casa de la huerta de mi abuela ha sido mis ganas de leer una novela negra que hace catorce años me aburrió soberanamente, y que ahora tengo el convencimiento de que me va a gustar, Beltenebros, de Antonio Muñoz Molina. Curiosamente, no la he encontrado entre esa vorágine polvorienta de publicaciones, y ha tenido que ser al regresar a Molina cuando la he visto yaciendo en su mismo lugar de siempre, en la misma leja de siempre, en mi habitación de casi toda la vida.
viernes 9 de octubre de 2009
Bibliotecas de mi vida
Soy licienciado en filología inglesa. Comprendo el mundo en parte gracias a la lengua inglesa y a la cultura que me han aportado los países donde se habla a lo largo de los años. Uno de los grandes descubrimientos que hice en aquella (lejana ya) grisura del norte de Inglaterra de mis ni siquiera 20 años fue el de la biblioteca pública de Manchester, justamente el día en el que, después de más de dos meses de estancia en esa ciudad decrépita por el desmantelamiento industrial, iba a regresar a España. Just my luck, pensé. Precisamente ahora que me marcho descubro aquello que más placer me podría haber dado. Para mí, acostumbrado a mi biblioteca pueblerina (y no me quejaba por aquel entonces) de Molina de Segura, encontrarme con semejante mole neogótica de cinco pisos cubiertos de libros de cualquier tema imaginable, recorrerlos y coger cualquier tomo era algo para lo que nadie me había preparado. Unos años después, en mi inolvidable años Erasmus, la biblioteca universitaria de la Universidad de Hull se convirtió en mi segundo hogar después del número 8 de la Cranbrook Street. En comparación con el esperpento que era en 1994 la Biblioteca Negrija en Murcia aquello se me aparecía como una especie de ciencia ficción de los libros. Todos los trabajos que tuve que hacer en aquel último año de carrera, cuando los procesadores de texto eran arcanos sólo accesibles a expertos, los gesté gracias a las decenas de volúmenes que consulté libremente.
La consulta libre de fondos bibliográficos queparecen interminables debe ser la pieza clave de cualquier biblioteca que se preste. Es por ello por lo que debo admitir que, a pesar de haber estado en la Universidad de Columbia, en Nueva York, las bibliotecas universitarias en este país han mejorado fabulosamente. Mis últimas visitas a la biblioteca de humanidades de Valencias se han saldado con innumerables consultas para un tema tan específico como el que trato en mi tesis.
Por esto mismo, tengo sentimientos encontrados sobre mi primera visita a la Biblioteca Nacional. Sin duda, es un concepto de biblioteca totalmente diferente al que yo tenía. Allí, no eres libre para sumergirte en los estantes para encontrar (o perderte) los libros que precisas. Debes pasar por la aduana funcionarial de solicitar un máximo de tres libros. Por otro lado, eres tratado con la máxima deferencia, como si solo tu presencia allí fuera merecedora de loores. Es un concepto un tanto anticuado de biblioteca porque los funcionarios están a tu servicio, aunque en ningún momento se fían de ti, ya que se comportan como guardianes de la sabiduría bibliografiada como si este fuera la mano incorrupta de Santa Teresa.
No estaría mal que la BN se actualizara en este sentido. Está bien que mantenga su concepto de sitio de consulta más que de préstamo, así como que el acceso esté controlado a aquellos que acrediten estar en ejercicio de una investigación. Pero el acceso libre a las fuestes del conocimiento es vital para uno tenga la capacidad de decidir sobre qué cosas profundizar, analizar o sencillamente ignorar.
La consulta libre de fondos bibliográficos queparecen interminables debe ser la pieza clave de cualquier biblioteca que se preste. Es por ello por lo que debo admitir que, a pesar de haber estado en la Universidad de Columbia, en Nueva York, las bibliotecas universitarias en este país han mejorado fabulosamente. Mis últimas visitas a la biblioteca de humanidades de Valencias se han saldado con innumerables consultas para un tema tan específico como el que trato en mi tesis.
Por esto mismo, tengo sentimientos encontrados sobre mi primera visita a la Biblioteca Nacional. Sin duda, es un concepto de biblioteca totalmente diferente al que yo tenía. Allí, no eres libre para sumergirte en los estantes para encontrar (o perderte) los libros que precisas. Debes pasar por la aduana funcionarial de solicitar un máximo de tres libros. Por otro lado, eres tratado con la máxima deferencia, como si solo tu presencia allí fuera merecedora de loores. Es un concepto un tanto anticuado de biblioteca porque los funcionarios están a tu servicio, aunque en ningún momento se fían de ti, ya que se comportan como guardianes de la sabiduría bibliografiada como si este fuera la mano incorrupta de Santa Teresa.
No estaría mal que la BN se actualizara en este sentido. Está bien que mantenga su concepto de sitio de consulta más que de préstamo, así como que el acceso esté controlado a aquellos que acrediten estar en ejercicio de una investigación. Pero el acceso libre a las fuestes del conocimiento es vital para uno tenga la capacidad de decidir sobre qué cosas profundizar, analizar o sencillamente ignorar.
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